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Los límites también forman parte del lenguaje canino.

  • 14 jun
  • 5 min de lectura

Durante los últimos años, hablar de límites en educación canina se ha vuelto casi un tema incómodo.


En algunos espacios, pareciera que cualquier referencia a poner límites a un perro se interpreta automáticamente como algo negativo, anticuado o incluso contrario al bienestar animal. Y creo que ahí estamos perdiendo algo importante de vista.


Porque los límites existen.


Existen entre humanos, existen en cualquier grupo social y también existen entre perros.

No como una lucha permanente por el poder ni como una búsqueda obsesiva de dominancia.


Existen simplemente como parte de la comunicación: una forma de expresar qué conductas son aceptadas y cuáles no.


Quienes convivimos o trabajamos diariamente con perros solemos observarlo constantemente. Un perro intenta quitarle un recurso a otro. Un cachorro invade de forma insistente el espacio de un adulto. Un individuo sobrepasa una interacción social.


Y la respuesta rara vez comienza con una pelea.


La mayoría de las veces comienza con comunicación.

Con señales.

Con advertencias.

Con límites.


Antes del conflicto, suele aparecer la comunicación

Uno de los errores más comunes al observar una interacción entre perros es pensar únicamente en el resultado final.


Vemos un gruñido y olvidamos todo lo que ocurrió antes.


Vemos una corrección entre perros y dejamos de observar las señales previas.

Sin embargo, gran parte de la comunicación canina ocurre mucho antes de que aparezca un conflicto evidente.


Un perro puede tensar el cuerpo, desviar la mirada, congelarse por un instante, cerrar el hocico, girar ligeramente la cabeza o simplemente marcar distancia.


Todas estas conductas pueden formar parte de un proceso de comunicación cuyo objetivo no es atacar.

Es informar.

Es decir:

"Hasta aquí me siento cómodo."

"No quiero seguir interactuando de esta manera."


El límite muchas veces aparece primero como información.

Y eso me parece fascinante.

Porque antes de la confrontación existe la intención de evitarla.


Las señales de apaciguamiento también forman parte de la conversación

Y aquí encontramos algo que pocas veces se menciona cuando se habla de límites.

Porque normalmente ponemos atención al perro que los establece, pero no al perro que los recibe.


Cuando un límite es comprendido, muchas veces observamos respuestas de apaciguamiento.


El perro puede desviar la mirada, bajar la intensidad de sus movimientos, reducir la presión social, girar el cuerpo, lamerse el hocico o mostrar una postura más relajada.


No son señales de derrota.

No necesariamente son señales de miedo.

Son señales de comunicación.


Lo interesante es que muchas veces aparecen precisamente cuando la interacción funcionó.

Cuando el mensaje fue entendido.


Cuando el otro perro percibe que ha llegado demasiado lejos y modifica su comportamiento para recuperar la calma social.


Por eso, observar estas señales puede enseñarnos mucho más sobre la interacción que quedarnos únicamente con el momento de tensión.


Los límites existen en distintos niveles

Una de las razones por las que este tema genera tantas discusiones es porque solemos imaginar los límites únicamente en sus formas más intensas.


Pero la realidad es mucho más amplia.


Existen límites extremadamente sutiles.

Una mirada.

Una pausa.

Una tensión corporal.

Un gruñido breve.

Un desplazamiento.


Y también existen límites mucho más contundentes.

En ocasiones, cuando todas las señales anteriores fueron ignoradas repetidamente, pueden producirse conflictos físicos entre perros.


La intensidad puede variar enormemente según los individuos, el contexto y la situación.

Y creo que aquí es importante decir algo que muchas veces incomoda.


Las peleas también forman parte del repertorio conductual de los perros.


No porque los perros sean violentos.

No porque vivan obsesionados con la dominancia.

Sino porque, como cualquier especie social, existen situaciones donde la comunicación falla o los límites son ignorados.


A veces observamos intercambios rápidos de mordiscos que generan mucho ruido y tensión, pero que ni siquiera llegan a romper la piel.


Otras veces, después del conflicto, uno de los perros permanece inmóvil sobre el otro mientras este desvía la mirada, se relaja o muestra señales de calma y apaciguamiento.


Y entonces ocurre algo interesante.

La tensión comienza a desaparecer.

La comunicación vuelve a existir.


Porque incluso después del conflicto, los perros siguen comunicándose.

Quedarse únicamente con la pelea es como leer la última página de un libro e ignorar todo lo que ocurrió antes.


¿Qué tiene que ver esto con la convivencia dentro de casa?

Mucho más de lo que parece.


Porque los perros no solo aprenden de lo que les enseñamos.

También aprenden de la claridad de nuestras interacciones.

Cuando convivimos con ellos sin ningún tipo de estructura, sin reglas coherentes y sin comunicación consistente, muchas veces terminamos generando confusión.


Y aquí es donde suele aparecer un falso dilema.

Por un lado están quienes creen que toda relación debe construirse desde la imposición.

Por otro, quienes parecen pensar que cualquier límite es perjudicial.

Personalmente, no me identifico con ninguno de esos extremos.

No creo que los perros necesiten un alfa que los domine.

Pero tampoco creo que una convivencia sana pueda existir sin límites.

Porque un límite no necesariamente es una corrección.


Muchas veces es simplemente información clara.

Es coherencia.

Es previsibilidad.

Es ayudar al perro a comprender qué funciona dentro de una convivencia compartida y qué no.


Cuando un límite genera incomodidad

Existe otro aspecto que suele generar confusión cuando hablamos de límites.

A veces, cuando un tutor le dice a su perro "No", "Deja eso" o interrumpe una conducta que el perro desea realizar, es posible observar ciertos cambios en su lenguaje corporal.


Las orejas pueden ir hacia atrás.

La mirada puede cambiar.

Puede aparecer algo de tensión facial.

Incluso podemos observar lo que popularmente se conoce como "ojo de ballena".



Y aquí es donde muchas veces aparecen interpretaciones apresuradas.

Porque el hecho de que un perro muestre incomodidad, frustración o tensión momentánea no significa automáticamente que esté siendo maltratado o dañado psicológicamente.

Los perros, igual que nosotros, experimentan emociones desagradables durante su vida cotidiana.


La frustración de no obtener algo que desean.

La decepción de que una actividad termine.

La incomodidad de escuchar un límite.

La necesidad de adaptarse a una regla.


Todo eso forma parte de la convivencia.

La incomodidad momentánea frente a un límite no es necesariamente sufrimiento.

Lo importante es observar el contexto completo.


Un límite claro, coherente, proporcional y comprensible no es lo mismo que una intimidación constante, una amenaza o un castigo desmedido.


Confundir ambas cosas puede llevarnos a interpretar erróneamente situaciones cotidianas de comunicación.


Traduciendo el lenguaje de los perros a nuestro hogar

Quizás uno de los aprendizajes más interesantes que nos dejan los perros es que la mayoría de sus límites comienzan siendo comunicación antes que confrontación.


Primero informan.

Luego insisten.

Y solo en algunos casos la situación escala.


Como humanos, podemos inspirarnos en esa lógica.


No para copiar exactamente lo que hacen los perros.

No para gruñirles.

No para buscar sometimientos.


Sino para construir una comunicación más clara.

Más coherente.

Más fácil de entender.


Porque al final, convivir con perros no consiste en convertirse en un líder alfa ni en eliminar cualquier límite de la relación.


Consiste en aprender a comunicarnos de una forma que ambos podamos comprender.


Iván Calderón

Fundador de The Walking Pets


"Mientras más observo a los perros, más convencido estoy de que la comunicación suele fallar mucho antes de que aparezca el conflicto."

 
 
 

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