Cuando el último paseo todavía no ha llegado
El preduelo, el apego y el acto más difícil de amar a un perro.
Hay conversaciones que nadie quiere tener.
No porque sean incómodas, sino porque duelen incluso antes de que ocurran.
Quienes compartimos la vida con un perro sabemos, en algún rincón de nuestra mente, que algún día tendremos que despedirnos de él. Sin embargo, hacemos todo lo posible por mantener esa idea lejos. Vivimos como si el tiempo no pasara, como si las canas que empiezan a aparecer en su hocico fueran solo una etapa más y no un recordatorio silencioso de que la vida avanza para todos.
Pero la verdad es otra.
Desde el mismo instante en que un perro entra a nuestra vida, también entra una despedida futura.
No sabemos cuándo.
No sabemos cómo.
Solo sabemos que algún día llegará.
Y, quizás, aceptar esa realidad no hace que amemos menos.
Hace que aprendamos a amar mejor.
El duelo comienza mucho antes de la despedida.
Existe un duelo del que se habla muy poco.
No ocurre el día en que un perro parte.
Comienza mucho antes.
Empieza cuando notamos que ya no corre con la misma energía.
Cuando tarda un poco más en levantarse.
Cuando deja de subir al sofá de un solo salto.
Cuando una caminata debe ser más corta.
Cuando aparecen los primeros medicamentos.
Cuando el veterinario empieza a usar palabras que nunca quisimos escuchar.
Ese momento tiene un nombre.
Preduelo.
Y muchas personas lo viven sintiendo culpa.
Culpa por llorar cuando su perro todavía está vivo.
Culpa por imaginar una casa sin él.
Culpa por pensar en una despedida que aún no ocurre.
Pero anticipar una pérdida no significa dejar de disfrutar el presente.
Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
Nos recuerda que cada paseo, cada siesta compartida y cada mirada tienen un valor que antes dábamos por hecho.
El regalo de saber que no estarán para siempre.
Los perros viven el presente con una naturalidad que nosotros rara vez logramos alcanzar.
No cuentan los días.
No piensan en el futuro.
No viven atrapados en lo que vendrá.
Simplemente están.
Quizás por eso nos resulta tan difícil acompañarlos cuando envejecen.
Porque ellos siguen viviendo el hoy mientras nosotros comenzamos a sufrir por el mañana.
Y ese sufrimiento, muchas veces, nace del apego.
Amar no es poseer.
Hace un tiempo leí Desapegarse sin anestesia, de Walter Riso.
Hay una idea del libro que me hizo pensar mucho.
No sufrimos únicamente porque algo termina.
Sufrimos, muchas veces, porque nos cuesta aceptar que aquello que amamos también es transitorio.
Confundimos el amor con la permanencia.
Queremos que las personas permanezcan.
Que los momentos permanezcan.
Que los perros permanezcan.
Pero la vida nunca nos hizo esa promesa.
Y nuestros perros tampoco.
Amar profundamente a un perro no significa prepararse para olvidarlo.
Significa comprender que su presencia siempre fue un regalo y nunca una posesión.
Creo que cuando entendemos eso, algo cambia dentro de nosotros.
Seguimos amando igual.
Quizás incluso más.
Pero empezamos a valorar el tiempo desde otro lugar.
Una pregunta que deberíamos hacernos más seguido.
¿Cuándo fue la última vez que te sentaste simplemente a mirar a tu perro dormir?
¿Cuándo fue la última vez que salieron a caminar sin mirar el teléfono?
¿Cuándo fue la última vez que lo acariciaste sin estar pensando en llegar rápido a otro lugar?
A veces vivimos tan preocupados por el futuro que olvidamos que nuestro perro solo necesita compartir el presente con nosotros.
Y quizás ese sea el mayor regalo que podemos devolverle.
La conversación que nadie quiere tener.
Hay otro tema del que casi nunca hablamos.
Tal vez porque duele demasiado.
¿Qué ocurre cuando la enfermedad ya no tiene vuelta atrás?
Cuando los tratamientos empiezan a acumularse.
Cuando aparecen las hospitalizaciones.
Cuando los procedimientos se vuelven cada vez más invasivos.
Cuando el dolor empieza a formar parte de la rutina.
Como tutores, hacemos todo lo posible por ellos.
Buscamos otro examen.
Otra opinión.
Otro tratamiento.
Otra esperanza.
Y no hay nada de malo en querer luchar por quien tanto amamos.
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos para quién seguimos luchando.
A veces, sin darnos cuenta, el miedo a despedirnos puede hacernos confundir el amor con la incapacidad de soltar.
Y esa es una pregunta profundamente difícil.
Porque no existe una respuesta universal.
Cada familia es distinta.
Cada enfermedad es distinta.
Cada perro es distinto.
Pero hay una pregunta que, tarde o temprano, merece ser hecha.
¿Estamos prolongando su vida...
...o estamos prolongando nuestra despedida?
No es una pregunta para responder rápido.
Es una pregunta para mirar al perro que tenemos frente a nosotros.
Para observar si todavía disfruta las pequeñas cosas.
Si aún encuentra placer en caminar.
Si todavía busca nuestras caricias.
Si todavía tiene ganas de vivir su vida y no solamente de sobrevivirla.
Porque quizá la pregunta nunca sea cuántos días más puede vivir.
Quizá la pregunta sea:
¿Cómo está viviendo esos días?
Y si alguna vez llega el momento de tomar la decisión más difícil, ojalá podamos hacerlo pensando primero en él y después en nuestro miedo.
Porque el amor no siempre consiste en hacer todo lo posible para evitar una despedida.
A veces consiste en hacer todo lo posible para que esa despedida llegue con dignidad.
El último paseo.
No creo que exista una forma correcta de vivir el duelo.
Cada persona ama distinto.
Cada historia es distinta.
Cada despedida deja una huella diferente.
Pero sí creo que existe una forma más consciente de vivir el tiempo que todavía tenemos.
No esperando el último paseo.
Sino haciendo que ninguno de los paseos de hoy pase desapercibido.
Porque cuando ese día finalmente llegue, no podremos cambiar el tiempo que compartimos.
Solo podremos recordarlo.
Y quizá el verdadero homenaje que podemos hacerle a un perro no sea prometerle que nunca lo olvidaremos.
Sea asegurarnos de que, mientras estuvo con nosotros, supo todos los días que era amado.

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Iván Calderón
Fundador de The Walking Pets
"Los perros no saben cuánto dura la vida. Nosotros sí. Quizás por eso tenemos la responsabilidad de hacer que cada día que compartimos con ellos realmente valga la pena."




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