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El perro no se volvió humano. Se volvió experto en convivir con humanos.

16 ago
5 min de lectura

Hace unos días, mientras paseaba a los perritos, se me vino una idea a la cabeza que después no pude dejar de darle vueltas. Quizás una de las razones por las que tantas personas terminan interpretando a los perros como si fueran pequeños humanos es precisamente porque los perros son extraordinariamente buenos adaptándose a nosotros. Aprenden nuestras rutinas, reconocen nuestras palabras, anticipan nuestros movimientos, interpretan nuestros estados emocionales y son capaces de convivir con una especie completamente diferente a la suya con una facilidad que, si lo pensamos detenidamente, es bastante impresionante. Y quizás ahí nace parte de la confusión: vemos a un perro comportándose de una determinada manera dentro de nuestro mundo y creemos que lo hace porque piensa como nosotros, cuando quizás estamos observando exactamente lo contrario. Estamos viendo a un animal que ha aprendido a desenvolverse dentro de un mundo construido por seres humanos.


El problema aparece cuando confundimos esa capacidad de adaptación con una especie de humanización natural. Decimos que el perro "es como un bebé", que "entiende todo", que "le encanta que lo abracen", que "disfruta que lo vistan" o que "le gusta que le hablen como a un niño". Y algunas de estas cosas pueden efectivamente ser agradables para determinados perros, pero otras simplemente pueden estar siendo toleradas. Esa diferencia me parece fundamental. Que un perro permita que lo carguemos, que lo vistamos, que lo manipulemos constantemente o que permanezca tranquilo mientras utilizamos un tono de voz exageradamente agudo no significa automáticamente que esté disfrutando de aquello. Puede haber aprendido que esa interacción es segura, puede haberse habituado a ella, puede existir un vínculo positivo con la persona o simplemente puede haber aprendido a convivir con una serie de comportamientos humanos que forman parte de su vida cotidiana.


Y aquí aparece una pregunta que considero mucho más interesante: ¿cuánto de lo que interpretamos como "humanización" es realmente el resultado de la enorme capacidad que tienen los perros para adaptarse a nosotros?


Un perro que vive en una casa humana tiene que aprender un mundo que no fue diseñado para él. Aprende que una puerta significa que alguien va a entrar o salir. Aprende que determinados sonidos anuncian comida, paseo o descanso. Aprende que cuando tomamos una correa probablemente iremos a caminar. Aprende que ciertos movimientos humanos anteceden determinadas experiencias. Aprende nuestras rutinas, nuestros horarios, nuestras expresiones y hasta nuestras pequeñas contradicciones. En cierto sentido, pasa gran parte de su vida aprendiendo a interpretar a una especie diferente. Y nosotros muchas veces observamos ese aprendizaje y lo traducimos automáticamente a conceptos humanos.


Pero el perro no necesariamente está pensando como nosotros.


Está aprendiendo a vivir con nosotros.


Y creo que esa diferencia cambia completamente la forma en que deberíamos observarlo.


También existe otra parte de esta conversación que puede resultar incómoda. Los perros domésticos dependen de nosotros para una enorme cantidad de recursos fundamentales: alimento, agua, refugio, seguridad, acceso al entorno y, muchas veces, incluso interacción social. Por supuesto, la relación entre un perro y su tutor no puede reducirse simplemente a una relación de supervivencia; existe apego, vínculo, cooperación, aprendizaje y una historia compartida que puede ser profundamente significativa para ambos. Pero no podemos olvidar que somos nosotros quienes controlamos gran parte del entorno en el que vive el perro. Y eso significa que el perro ha tenido que desarrollar una extraordinaria capacidad para adaptarse a nuestras reglas.


Por eso, cuando un perro acepta determinadas manipulaciones humanas, no deberíamos apresurarnos a concluir que las disfruta. Tampoco deberíamos asumir automáticamente que está sufriendo. Lo que necesitamos es observar el contexto, su lenguaje corporal y la historia de esa interacción. Porque existe una enorme diferencia entre un perro que participa activamente en una interacción porque la disfruta y un perro que simplemente ha aprendido que resistirse no cambia lo que está ocurriendo.


Esta diferencia también aparece en cosas mucho más cotidianas. Un perro puede quedarse quieto mientras lo abrazamos y nosotros podemos interpretar esa quietud como cariño. Puede bajar las orejas y nosotros pensar que está "poniendo cara de pena". Puede mirar hacia otro lado y alguien decir que está avergonzado. Puede acercarse cuando estamos llorando y nosotros pensar que está intentando consolarnos exactamente de la misma manera en que lo haría otro ser humano. Algunas de esas interpretaciones pueden tener elementos reales de comunicación y vínculo, pero el problema aparece cuando dejamos de observar al perro y comenzamos a contar una historia humana sobre él.


Y quizás esa sea una de las formas más comunes de humanización: no necesariamente vestir al perro o ponerle un cumpleaños, sino asumir que detrás de cada conducta existe una intención humana.


Esto también explica por qué a veces confundimos tolerancia con bienestar. Decimos "mi perro se deja hacer de todo" como si esa frase fuera automáticamente una señal positiva. Pero que un perro se deje manipular no nos dice por sí solo cómo se siente durante esa manipulación. De la misma manera, que un perro no quiera participar en algo tampoco significa necesariamente que tenga un problema de conducta. La pregunta debería ser siempre qué está comunicando, qué ha aprendido y qué contexto existe alrededor de esa conducta.


Creo que aquí aparece una responsabilidad importante para quienes convivimos con perros: aprender a diferenciar entre lo que nosotros queremos hacer con ellos y lo que ellos realmente están comunicando. Porque el hecho de que podamos hacer algo no significa necesariamente que debamos hacerlo. Podemos vestirlos, cargarlos, abrazarlos, manipularlos o convertirlos en protagonistas de nuestras propias dinámicas humanas, pero antes de preguntarnos si podemos hacerlo, quizás deberíamos preguntarnos si el perro realmente está cómodo con ello.


Y esto no significa dejar de abrazar a nuestros perros, dejar de hablarles con cariño o renunciar a todas esas expresiones humanas que forman parte del vínculo. Tampoco significa que todo comportamiento humano hacia un perro sea una forma de maltrato. Significa simplemente que deberíamos aprender a mirar un poco más allá de nuestra propia interpretación. Si nuestro perro disfruta de una interacción, probablemente veremos señales que acompañen esa experiencia. Si la tolera, veremos otra cosa. Y si realmente quiere evitarla, también tendremos la oportunidad de aprender a reconocerlo.


Después de todo, una de las cosas más fascinantes de los perros es que no necesitan convertirse en humanos para formar vínculos extraordinarios con nosotros. Han conseguido algo mucho más interesante: aprender a convivir con nosotros sin dejar de ser perros.

Quizás el error no está en pensar que los perros se parecen a nosotros. Quizás está en olvidar que ellos han aprendido muchísimo más de nosotros de lo que nosotros hemos aprendido de ellos.


El perro no se volvió humano.


Se volvió experto en convivir con humanos.


Y quizás nuestra responsabilidad ahora sea convertirnos en mejores expertos leyendo a los perros.

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Iván Calderón

Founder — The Walking Pets

 
 
 

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